domingo, 9 de diciembre de 2012

N° 18. Pedro Vásquez, del cello al cielo

Texto: Yurimia Boscán



Divina calma del mar 
donde la luna dilata
largo reguero de plata 
que induce a peregrinar.

En la pureza infinita
en que se ha abismado el cielo,
un ilusorio pañuelo 
tus adioses solicita.

Y ante la excelsa quietud, 
cuando en mis brazos te estrecho
es tu alma, sobre mi pecho, 
melancólico laúd.
 
Poema Violonchelo, de Leopoldo Lugones





El mar alborotado con su escándalo de peñeros que transportan la imagen de virgen del Valle bajo las salves serenas de las aves marinas, es el primer recuerdo que asalta la memoria de Pedro Vázquez Marcano, quien nace en Porlamar el 28 de marzo de 1970.  

Al rememorar su infancia, hace una alto solemne en la palabra “abuelos”, pues Pedro se cuenta entre quienes dividen su vida en dos existencias:
una que se abre como flor en un tiempo ido que lo enseñó a mirar el presente, y otra, cosmopolita y urbana, que llena de cornetas el andar callejero por ciudades que contienen cuerpos y almas en perfecta sintonía con el smog.

Pedro se deja llevar en alas de gaviota y se vuelve niño mientras evoca aquella tierra perlada de azules paisajes donde, sentado en el regazo de su abuelo Juan González, escucha por primera vez la historia de Venezuela.
Su abuela, Consuelo González de González, también perfila una sonrisa en el rostro de la añoranza y tibia la memoria de Pedrito, quien se crece ante el alboroto de afectos que llegan de su pasado. Cuenta que ella era maestra y tenía su escuelita en el fondo de la casa, razón de más para que él, sus hermanas y primos, acudieran cada tarde a conjugar el heroísmo de los próceres margariteños con las matemáticas y los dictados.
Su otra abuela, Mamama, como cariñosamente llamaba a Manuela Marcano, vive para Pedrito en el lugar heroico de la ternura. Todavía  le parece sentir la firmeza de aquella mano que lo sostenía en medio de la multitud, mientras que él, anudado a su amor, recorría las calles de La Asunción aquellas Semanas Santas que descollan en sus evocaciones con toque de redoblante.
Con la tierra salpicada por la sal de un mar bravío, que lleva en sus olas las promesas de quien parte y jura volver, Pedro se deja arropar por la fuerza de nuestras tradiciones, y monta sobre el retablo de su venezolanidad, la nostalgia por las plegarias de los fieles que se esperanzan en el milagro de su fe.
Pedrito es hijo de Pedro José Vásquez Marcano “Perucho”, un abogado originario del cerro Copey, en La Asunción, famoso por su honestidad y por no haber perdido ningún caso, y de Carmen Teresa de Vásquez, quien aprendió a combinar profesión y espíritu, pues como bioanalista, atiende a todos los que la necesitan, sin importar si recibe a cambio pescado o verduras. Ambos se conocieron durante las vacaciones que la joven Carmen Teresa, proveniente de Tucupita, decidió pasar en Margarita, isla que se convertiría en su hogar y en el hogar de los cinco hijos que bendecirían su unión.
De sus hermanas, Glorys, Mónica, y Virginia; y de José Antonio, su hermano, Pedro atesora vivencias que lo devuelven a aquel tiempo cuando, ajenos a las responsabilidades, almacenaban conchas marinas bajo la almohada de la infancia. 

Pedro aprendió a humedecer su alma con el agua límpida de la poesía, pues a los 6 años recitaba de memoria los poemas de su abuela Consuelo,  maga que le abrió la senda hacia las artes, pues además de signarlo con el conjuro de palabra poética, le enseñó sus primeros trazos en la pintura.
Era tanta su fascinación por el arte, que Pedrito pasaba horas contemplando reproducciones de las obras famosas del Renacimiento italiano... Su abuela, admirada por las aptitudes de su nieto, lo inscribió en las escuelas de pintura Francisco Narváez y Pedro Ángel González.
Dotado de cualidades que no daban cabida a la timidez, el niño pronto se vuelve imprescindible en los actos del Grupo Escolar Estado Zulia, donde estudió su primaria.
Asume con propiedad su rol como emisario de la palabra, y representa a su colegio en las embajadas culturales que solían realizarse por todo el estado Nueva Esparta. 
Pedrito cuenta que su padre es fanático de Schubert, su madre oye boleros y suspira con las letras de Serrat, y su tío Jesús González, es un famoso compositor regional, de allí su herencia de fusionar géneros y estilos, y combinarlos con ritmos disímiles. Con ese acervo en el territorio del mundo sonoro, a los 6 años Pedro ya es parte del coro de la iglesia, dirigido por Melchor Suárez, un músico excepcional que lo enseña a cantar aguinaldos.
A los 9 años, la iglesia y sus cantos angelicales son escenario para el surgimiento de un amor platónico:  Pedrito pone sus ojos en una joven mayor que él y padece profundamente aquel amor inalcanzable. A pesar de su corta edad, combina lo sagrado y lo profano: Descubre los vaivenes del despecho y se deja arrastrar por la música de Alice Cooper, Púrpura Profunda y los Bee Gees,
Cada tarde, se abalanza sobre el picó para poner una y otra vez sus estruendosos discos de acetato, seguido por las miradas recelosas de las abuelas.
En el liceo, Pedro afina su gusto por las agrupaciones que en los 60 revolucionan la música mundial. El descubrimiento de Los Beatles insufla su ánimo de convertirse en músico, pero se debate entre el rock y la música clásica.
 Cuenta que su madre se asustó muchísimo con la decisión; no obstante, su padre lo anima a seguir su sueño, en la confianza de haber visto un talento natural que profetizaba el éxito.
Pedrito recuerda sonriente los días de animados conciertos playeros, donde pasaba hasta 3 días tocando con su banda La Guasacaca Maldita, con la que compartió tarima con artistas nacionales de los 80: Melissa, Guillermo Dávila, Aguilar, Frank Quintero y Pablo Manavello, entre otros
El arrebato del rock se encuentra con la disciplina de la música académica, gracias a la influencia que sobre Pedrito ejerce el cellista y guitarrista, Rodney Hinojosa, quien se convierte en faro para el alma sonora de su amigo.
Pedro recuerda emocionado su primer concierto como solista en Puerto La Cruz: tenía 15 años y junto a la Orquesta Sinfónica de Margarita, interpreta de manera impecable el concierto en re mayor para guitarra y orquesta, de Vivaldi.
Vive el tiempo mágico de entrelazarse con quienes andan senderos que pronto desembocarán en rutilantes caminos, y se vincula con gente que, como él, tiene el escenario tatuado en las líneas del destino: Un ejemplo son sus amigos Glotijn, hoy convertido en un importante rockero en España, donde es conocido como Rob Charbel, y Max Cuenca, el chamo que le devela la existencia de Jethro Tull, grupo que, según las propias palabras de Pedrito, le terminó de freír el cerebro.
Atrapado ya por el pentagrama, en octubre de 1987 Pedro se muda a Caracas para continuar su formación en el Instituto Universitario de Estudios Musicales (IUDEM). Para él no hay palabras que puedan expresar el privilegio de haber tenido como maestros a William Molina y Paúl Desenne.
Fruto de esta estrecha relación, años más tarde, Desenne y Pedrito, coproducirán, al lado de Alonso Toro, el disco Alzheimer, una propuesta experimental que desborda virtuosismo.
 
Estos recuerdos, al igual que sus ensayos y presentaciones como miembro fundador de la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho, permanecen intactos en su memoria. Son días de conciertos y “tigres”, al calor de los buenos encuentros, la buena música y la improvisación.
Las lecturas Hesse y de Carpentier  son el telón de fondo para Pedrito, quien se empeña en vivir la vida con la desbordante alegría de quien se sabe perdido en el camino correcto.


Al lado de sus entrañables amigos, Javier Montilla, Rafael “El Pollo” Brito, y posteriormente, Orlando Cardozo, integra la agrupación Pabellón sin Baranda.
Con la propuesta estética de Pabellón, los jóvenes le dan  un vuelco a la música venezolana, y al poco tiempo, se convierten en vanguardia de un estilo que es referencia musical dentro y fuera del país.
El repertorio, recogido en dos extraordinarias producciones discográficas, incluye las piezas Elegía, Paraguachí, Tonada slava, Stravismo y Malagueña armenia, todas de la autoría de Vázquez.
Pedro también se desempeña como docente en los diversos núcleos del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela. Ha perfeccionado sus estudios de cello con los profesores Philippe Muller, Franz Helmerson y Janos Starker
 Es locutor y productor de los programas radiales que trasmite Radio Nacional de Venezuela: América Latina: Territorio Pop y Planeta Cangrejo, este último destinado al público infantil y galardonado recientemente.
Participa como músico en la Orquesta Jóvenes Arcos y la Orquesta de Cámara Venezuela, y ha incursionado en la composición de la mano de Blas Atehortúa y Leo Broker, aportando creaciones para teatro y grupos de cámara.

 Mención aparte merece su incorporación a la agrupación Tuyero Submarín, nacida en 2001 y cuya propuesta sui géneris aglutina variadas tendencias musicales a partir de la imaginación, humor y talento de sus integrantes: destacados solistas, arreglistas, compositores, poetas, humoristas, artistas plásticos, y hombres de leyes y letras que han aprendido a borrar las fronteras entre los oficios de la cotidianidad y los géneros musicales.
 
Este margariteño de pura cepa, no puede dejar de mencionar a su compañera de vida desde hace años: la poeta y actriz Libeslay Bermúdez, libélula de luz que ha iluminado gran parte de su camino.
Su corazón oriental se vuelve muelle para que lleguen a él los nombres de sus amigos: Matías Herrera, Andrés Barrios, Pedro Guerrero, Livio Arias, Alberto Lazo, Andrés Eloy Rodríguez, Javier Montilla, Bartolomé Díaz y Nicolás Real, entre muchos otros que navegan en el mar de su patrimonio afectivo.
Enamorado del blues, de la salsa brava y del rock, Pedrito adapta canciones del pop al joropo central, se desgarra con un soul, se sublimiza con Bach, y fusiona la locura de quien frasea, a lo Bobby Mac Ferry, un vals de Lauro ante el asombro de quienes escuchan la ejecución vocal como una suerte de afinadísimo trance: Un maravilloso aprendizaje dado por otro de sus maestros, el cubano Leo Brouwer, quien le enseñó a dejarse llevar por el delirio y a ver más allá del bien y del mal…allá donde su inigualable sonrisa jamás deje de dibujarse en su corazón.
 
Despedimos este programa con la sensación de haber sido bañados por ese mar de madera que desata tormentas en las manos de Pedro Vázquez, manos prodigiosas que tocan el cielo desde cello y despuntan en merecidos aplausos para un virtuoso





 
 
 
 

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